lunes, 27 de octubre de 2014

Los españoles y el desaprovechado valor de la experiencia. Aprovechemos a los “jarrones chinos” y otros


En cuanto al desaprovechamiento de la experiencia de los ex Presidentes de Gobierno a los españoles solo parecen superarnos los mejicanos. Y es que es conocido que cuando en Méjico un Presidente sucede a otro le busca como destino la embajada más alejada de Méjico DF, su capital.

Aquí sin llegar a ello sí que es verdad que no le sabemos sacar todo el jugo que su conocimiento, contactos y experiencia pudieran dar al conjunto de los españoles. Todo lo más los apartamos en el Consejo de Estado y sirven esporádicamente para que sus opiniones ataquen la línea oficial del mismo partido en el que militan o de sus máximos dirigentes.

Tengo que reconocer  por ello cierta envidia de otra forma de entender la política en la que quien la encarna es capaz de subir y bajar en el escalafón sin que ello produzca el menor desdoro para el interesado. Casos como el de Andreotti en Italia, eterno componente como Jefe o ministro de innumerables gobiernos, Alain Juppé en Francia, Jean –Claude Juncker, o tantos otros en los Países Bajos, Bélgica o Suecia, son comunes y les iguala el que su merito y capacidad los hace a lo largo del tiempo merecedores de ejercer  muy distintas funciones para aprovechar su experiencia.

Soy de los que cree que Felipe González y el mismo Alfonso Guerra, Aznar y  un largo etcétera (excluyo a Zapatero, no sé si por tenerlo muy fresco o por creerlo irrecuperable) ejercerían ahora, después de haber estado en el gobierno y haber transcurrido unos años, mucho mejor sus responsabilidades.

El tiempo atempera las pasiones, da perspectiva e incluso nos hace reconocer los meritos del adversario. No otra cosa hace estos días el ex Ministro socialista Carlos Solchaga en las páginas de ABC cuando afirma “las reformas estructurales no han ido mal en líneas generales, aunque mi partido no las comparta”.

Con esto reclamo algo que en España con demasiada prisa se desprecia, el valor de la experiencia, la madurez. Nos inflama el deseo de lo nuevo, lo desconocido, cuando no suele ser buena fórmula para el gobierno de todos.

Ese continuo aupar para después dejar caer a las “caras nuevas” no es sino un signo más de nuestra inmadurez que debemos empeñarnos en corregir, ante todo porque si la pirámide generacional sigue invirtiéndose con la caída de la natalidad pronto no quedaran jóvenes a los que aupar.

 
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